domingo, 21 de marzo de 2010

Papito quiere darte lo suyo




Tenemos la fea costumbre de echarle la culpa a los demás de nuestras propias desgracias, los padres claman al cielo cuando sus hijos empiezan a fumar, argumentando que todo es culpa de sus malas amistades, somos capaces de comer como cerdos, convertirnos en gordas mierdas, y luego justificarnos diciendo que estábamos deprimidos. Tenemos tan poca dignidad que aún después de jodernos la vida bebiendo whisky diariamente en la barra de un cutre-bar, gritamos al juez, "yo no atropellé a ese niño, fue el alcohol, la sociedad es la culpable". Somos basura putrefacta, y la mayoría no lo sabemos.
No era el caso de JJ. Lochman, el sabía muy bien por qué frecuentaba las calles, por qué comía alubias en lata, y por qué tenía 2 de las 3 enfermedades venereas más peligrosas del listado de la OMS
Había sido colaborador de una de las revistas sobre economía más vendidas de DC, había tenido fama, dinero, y mujeres, sobretodo mujeres, con grandes pechos y coños depilados, pero eso era algo que, a fin de cuentas, sobraba en esta historia. Ahora se encontraba en una encrucijada, con una polla en la mano y la mente en blanco, tenía que pensar en algo, algo que lo sacara de aquel lío.
- Y bien, Lochman, ¿me piensas pagar ese jaco o tengo que ordenarle a Papito que te de de beber?
Papito era un negro homosexual de 2,10, probablemente tendría verrugas en el pene, el mismo pene que reposaba en su mano derecha. JJ No tenía dinero.
- No tengo un clavo, jodida rata, me lo gasto todo comprando la mierda, que vendes, así qué déjame en paz.
El antro en el que se encontraba debió pertenecer a algún ricachón de los 70, aún olía a sudor y cocaína. Una vieja fábrica que usaban de tapadera cuyo único mobiliario se componía de una mesa con sus sillas, y un podium robado de nosesabe que olimpiadas escolares, con su primero, su segundo, y su tercer puesto. El jefe era un fetichista de los rangos, así que ocupaba el escalón elevado, relegando a su oscuro amigo al tercero, no iba a permitir que un afroamericano muerdealmohadas disfrutara del segundo puesto de la clasificación, a este le daba igual, solo quería correrse en la boca de aquel desgraciado.
- Bien, entonces adelante, todos sabemos como te gusta comer rabos negros, ya te hemos visto alguna otra vez, ¿no es así?
Papito babeaba de placer solo con imaginárselo.
- No lo pienso hacer, gimió Lochman.
- Vaya que sí, lo harás, si no quieres que te vuele la cabeza en este momento, ni siquiera eres un buen cliente, podría joderte bien jodido y no me pasaría nada, podría meterte un tiro ahora mismo y colgar tus huevos de trofeo en mi habitación si me saliera de las pelotas.
- Vale, hazlo.
- Te has vuelto loco viejo vagabundo?
Lochman lo meditó, quizás no estuviera del todo en sus cabales, pero de todos modos la vida era una mierda, así que nadie iba a venir a rendirle cuentas después de todo. Miró al jefe a los ojos, puso su mejor sonrísa y contó mentalmente.
1...
2...
3...
- Oye, jefe, he estado pensándolo, me parece que a ti te gusta esto, te gusta ver como un hombre se la chupa a otro, creo que eres un maricón, un jodido maricón pervertido, estoy seguro de que tu mujer está hasta las narices de que solo leas revistas sobre tíos cachas mientras te la cascas en el baño. ¿Cuál es el problema? ¿Algún trauma infantil? ¿Acaso tu padre te violaba? ¿Te metía cosas por el culito?
El disparo resonó en todo el almacén. La cabeza del viejo, partida por la mitad, mostraba una sonrisa de satisfacción total. El jefe, enfurecido, salío corriendo de la fábrica, con viejos recuerdos de objetos punzantes en su recto vagando por su cabeza.
Papito, mirando al cielo y empapado en sangre, solo pudo maldecir a Dios por haber inventado las escopetas.





Jack

Pastillas para dormir

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